martes, 12 de junio de 2012

SALMO 23



SALMO 23 (22)
El Señor es mi pastor

23:1 Salmo de David.
El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar
. 23:2 Él me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
23:3 y repara mis fuerzas;
me guía por el recto sendero,
por amor de su Nombre.
23:4 Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza.
23:5 Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa.
23:6 Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo.

AMEN

MEDITACION PARA RECIBIR EL SANTISIMO SACRAMENTO

Meditación para recibir al Santísimo Sacramento
Primer punto: Considerar quién es el que he de recibir, y cómo en cuanto a la divinidad es igual al Eterno Padre, y cómo en cuanto hombre es el más ilustre de todos los hombres.
Segundo punto: Considerar de dónde viene: del Cielo. Consideraré que me hace mayor don que a los Apóstoles el Jueves de la Cena. Y he de confundirme trayendo a la memoria lo que haría si esperase a un amigo o hermano que me viniese a ver de tierras lejanas, o si el Papa o el Emperador hubiese de venir a verme, y lo poco que hago con la venida de Jesucristo, de los Cielos a mi ánima.
Tercer punto: Ver cómo viene. Consideraré cómo habiéndome dado todas las criaturas, Él mismo disfrazado se me da en una de ellas, haciéndose pequeñito, conforme a mi pequeñez.
Cuatro punto: Ver adónde viene. A este mundo donde tantas ofensas y pecados se cometen contra su divina Majestad.
Quinto punto: Considerar quién soy yo que le he de recibir, y mostrarle mis llagas, pidiéndole con el leproso del Evangelio que me sane. Así miraré de dónde viene, adónde viene y a qué viene.
Alabado sea Dios.
San Francisco de Borja

jueves, 7 de junio de 2012

PRESENCIA Y ACCION DE DIOS

Los hombres nos acostumbramos a querer tener respuestas a todos los interrogantes, más aún, cuando alguno de ellos tiene el aspecto de fracaso, injusticia o falta de sentido común, nuestro interior se debate y se revela en cuestionamientos y en querer dar las respuestas que nos parecen más acertadas.

El silencio de Dios; la vida de Dios está rodeada de silencio. La maravillosa creación del hombre y su gestación, toda ella se va realizando en el silencioso vientre de una madre; la eterna generación de su Hijo Jesucristo, la Encarnación, se tiene en medio del silencio "en medio del silencio" (Sal 18, 4ss). "Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre con eterno silencio" (San Juan de la Cruz, Max 21).

El silencio de la creación, los espectáculos más grandiosos de la naturaleza, se desenvuelven en perfecto silencio: un amanecer, el correr de un río, el espejo de un lago, el volar de un cóndor, el influjo del silencio, ha dado origen a obras maestras del pensamiento y del arte: San Juan de la Cruz, Beethoven, Miguel Ángel, etc. Así es el silencio de Dios, un silencio que se convierte en prudencia y espera.

"La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo".
Nuestra vida se desarrolla en una serie continua de elecciones. Un vestido o un trabajo, una escuela o un tipo de cerradura, una comida o un paseo: a todas horas, en todos los lugares, hemos de decidir. Las decisiones siempre miran a un objetivo: lo bueno, lo correcto. Los problemas surgen cuando "parece bueno" lo que no lo es. El paraguas más brillante resulta estar lleno de agujeros. El coche que parecía nuevo, tiene serios problemas en los amortiguadores porque ya había sido usado. La tarde espléndida empleada en un paseo para oxigenar los pulmones se ha convertido en el inicio de una gripe insidiosa por culpa de un vientecillo engañoso. Vemos así, que casi todo lo que escogemos "parece ser bueno", cuando no lo era.

Otras veces, eso "bueno" nos daña de mil maneras insospechadas: o porque nos hace egoístas, o porque nos lleva a ser avaros, o porque destruye las relaciones familiares, o porque nos impide amar a Dios sobre todas las cosas. Espero que esta historia, te aclare un poquito más esa necesidad del silencio y de la prudencia.
Una antigua leyenda noruega nos habla de un hombre llamado Haakon, que cuidaba una ermita, a ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro. Un día, el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor, le impulsaba un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo: "Señor, quiero padecer por Tí, déjame ocupar tu puesto, quiero reemplazarte en la Cruz.", y se quedó fijo con la mirada puesta en la imagen, como esperando la respuesta.

El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: "Hermano mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición".

¿Cuál Señor? -preguntó con acento suplicante Haakon-. "Es una condición difícil", -¡estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!-. "Escucha. Suceda lo que suceda, y veas lo que veas, has de guardarte en silencio siempre". Haakon contestó: ¡Te lo prometo, Señor! y se efectuó el cambio. Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño colgado con los clavos en la Cruz.

El Señor ocupaba el puesto de Haakon, y éste, por largo tiempo, cumplió el compromiso. A nadie dijo nada, pero un día llegó un rico; después de haber orado, dejó ahí olvidada su cartera. Haakon lo vió y calló; tampoco dijo nada cuando un pobre vino dos horas después y se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después, para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. Pero en ese momento, volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo: "¡Dame la bolsa que me has robado!". El joven sorprendido replicó: "¡No he robado ninguna bolsa!". "¡No mientas, devuélvemela enseguida!". "¡Le repito que no he tomado ninguna bolsa!". El rico arremetió furioso contra él.

Sonó entonces una voz fuerte: "¡Detente!". El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, gritó, defendió al joven e increpó al rico por la falsa acusación. Éste quedó anonadado y salió de la ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje. Cuando la ermita quedó a solas, Cristo se dirigió al monje y le dijo: "Baja de la Cruz, no sirves para ocupar Mi Puesto, no has sabido guardar silencio". "Señor, ¿cómo iba a permitir esa injusticia?". Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la Cruz. El Señor siguió hablando:

"Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de un vicio. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero. En cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal; ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabías nada, Yo sí sé, por eso callo". Y el Señor nuevamente guardó silencio.

Muchas veces nos preguntamos por qué razón Dios no nos contesta, por qué razón Dios se queda callado o por qué el Señor permite circunstancias difíciles y aparentemente injustas. Muchos de nosotros quisiéramos que Él nos respondiera lo que deseamos oír, pero Dios no es así; Dios nos responde aún con el silencio. Él sabe lo que está haciendo y sabe lo que es mejor para cada uno de nosotros.

Ante los posibles errores y tanto daño, la virtud de la prudencia nos lleva a reflexionar con más calma, a sopesar los pros y los contras de cada decisión, y a considerar seriamente si lo que simplemente "parece" bueno lo sea en realidad. Nos permite, en otras palabras, buscar aquel bien realizable que mejor corresponda a los deseos más profundos de nuestro corazón y a estar abiertos a una visión trascendente que no entendemos en su momento. De este modo, nos será más fácil acertar a la hora de escoger lo que sea realmente bueno, y lo escogeremos siempre en un horizonte de magnanimidad que nos abra siempre a cumplir la Voluntad de Dios en nuestras vidas, como venga.
En sus designios, DIOS SIEMPRE SABE LO QUE HACE.

LA SANTISIMA TRINIDAD....

La vida cristiana es bella . La Trinidad y yo
El próximo domingo celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio central de nuestra fe.
Autor: P Evaristo Sada LC | Fuente: www.la-oracion.com

Es muy diferente un pozo seco a un manantial. El manantial tiene vida. El pozo seco o con agua estancada es muerte. Cuando nos referimos a la relación del hombre con Dios puesta en acto, hablamos de vida, vida espiritual.

¿Cuál es la fuente de la vida espiritual? ¿De dónde viene esta vida? ¿Quién da vida? La fuente de la vida espiritual es la vida de Dios, nuestra participación en la vida de la Santísima Trinidad por la gracia a través de los sacramentos y la oración.

Eso es lo que se mueve allá adentro de nosotros, esa es la sangre que corre por nuestras venas desde el día de nuestro bautismo. Desde entonces, el manantial que ocupa el centro de nuestro ser es la Trinidad. ¡Qué maravilla!
Una verdad existencial

El próximo domingo celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio central de nuestra fe. Para mí esta fiesta es una invitación a poner en acto en la oración eso que creo por la fe, en forma de relación personal, de trato, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No basta el conocimiento del misterio, la Iglesia nos invita a través de la teología y de la liturgia a profundizar en su significado, pero profundizar de una manera no sólo intelectual, sino afectiva, existencial.
El bautismo: una llamada al amor

Al recibir en el bautismo el don de la gracia santificante, que nos hizo hijos de Dios, recibimos de parte de Él una llamada al amor. Después de esto nuestra vida cristiana consiste en responder al don recibido de Dios: “Si alguien me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él.” (Jn 14, 23) Dios que puso amor, espera una respuesta de amor.
"La respuesta de la fe nace cuando el hombre descubre, por gracia de Dios, que creer significa encontrar la verdadera vida, la “vida en plenitud”. Uno de los grandes padres de la Iglesia, san Hilario de Poitiers, escribió que se convirtió en creyente cuando comprendió, al escuchar en el Evangelio, que para alcanzar una vida verdaderamente feliz eran insuficientes tanto las posesiones, como el tranquilo disfrute de los bienes y que había algo más importante y precioso: el conocimiento de la verdad y la plenitud del amor entregados por Cristo (Cf. De Trinitate 1,2)." (Benedicto XVI 13 de junio 2011)
Intimidad con Dios

Dios nos invita a participar de su vida íntima, de esa vida que consiste en el amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Se dice fácil, pero este es un misterio grandioso, algo sobrehumano, sobrenatural, y en el cual estamos sumergidos.

Cada vez que intimamos con Dios en la oración entramos en el misterio. Es fe orante. En ella nos dirigimos a Dios como Padre. Padre es el nombre propio de Dios. Así nos lo reveló Jesucristo, quien vive contemplándolo permanentemente. “El Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por él. Así también el que me come vivirá por mí” (Jn 6, 57).

En Jesucristo contemplamos la belleza del Padre, él es “resplandor de Su gloria” (Hb. 1,3), el que está con nosotros, Dios-con-nosotros (Is 7, 14) Su misión es nuestra salvación. Tratamos con Cristo como nuestro salvador, nuestro redentor: “Padre, yo deseo que todos estos que tú me has dado puedan estar conmigo donde esté yo” (Jn 17, 24). Somos pecadores rescatados por la sangre de Cristo y en la oración cristiana nos dirigimos a Él como nuestro Redentor para darle las gracias, pedirle perdón, aprender de Él.

Y tratamos con el Espíritu Santo cuya misión es nuestra santificación. A partir del bautismo tenemos toda una vida por delante para crecer y asemejarnos como hijos que somos, al Hijo con mayúscula. Esa labor paciente de transformación conforme a la imagen de Cristo la va realizando el Espíritu Santo en nosotros poco a poco, como el agua sobre la piedra de río, a medida que cooperamos con Él. El Espíritu Santo es el Santificador, el Huésped de nuestra alma, nuestro Socio con el que trabajamos para realizarnos en plenitud como hombres y como cristianos. Él es amor y derrama el amor de Dios en nuestros corazones. (Rom 5, 5)

La vida espiritual, la vida de oración, es simplemente maravillosa. ¡Qué gozada poder tratar como hijo con EL PADRE, como pecador rescatado con su mismo REDENTOR; como buscador con su GUÍA! Francamente, ¡qué maravilla!

La vida cristiana es bella.

N.B. Si un espectáculo de agua, luz y sonido (no dejes de verlo) puede ser tan armónico y bello, ¡qué será la belleza de la vida trinitaria que llevamos dentro!




¿QUE ES LA IGLESIA CATOLICA?

Qué es la Iglesia Católica
Se conoce como Iglesia Católica Apostólica Romana o como Iglesia Católica Romana.
A raíz del
Concilio Vaticano II (durante los años 1960), surgen otros términos que hacen referencia a distintas formas de entender la naturaleza y objetivos de la Iglesia católica, tales como Sacramento de Cristo, Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Esposa de Cristo.
La Iglesia católica es la rama más grande del cristianismo, y la que tiene una mayor organización.
La Iglesia católica tiene su sede central en Roma, a la que se denomina
Sede Apostólica, relacionada con la Sede esta el Estado de la Ciudad del Vaticano (Status Civitatis Vaticanæ, en latín y oficialmente; Stato della Città del Vaticano, en italiano), un enclave dentro de la ciudad de Roma, en la República Italiana. El Estado Vaticano es un estado independiente y reconocido internacionalmente, que aunque estrechamente ligado a la Sede Apostólica, son entidades distintas, ya que el Estado Vaticano es un Poder Temporal, mientras que la Sede Apostólica se entiende como poder Espiritual.
El Líder religioso es el Papa, que es el
Obispo de Roma, quien recibe el trato honorífico de Su Santidad (S.S.), y que en la actualidad ostenta Benedicto XVI, nombre adoptado por el Cardenal electo Joseph Ratzinger, de origen alemán.
ETIMOLOGIA DE LA PALABRA IGLESIA
La palabra «Iglesia» ["εκκλεσία" (ekklesia), del griego "εk-kαλειν"(ek-kalein) - 'llamar fuera'] significa 'convocación'. Designa asambleas del pueblo (Cf. Hch 19, 39), de carácter religioso.
Es el término frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo Testamento para designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo (Cf. Ex 19). Dándose a sí misma el nombre de "Iglesia", la primera comunidad de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En ella, Dios "convoca" a su Pueblo desde todos los confines de la tierra. El término "Kiriaké", del que se deriva las palabras "church" en inglés, y "Kirche" en alemán, significa "la que pertenece al Señor".

CATÓLICO
El término «católico» proviene del griego καθολικός (katholikós), que significa 'universal'.

CARACTERISTICAS DE LA IGLESIA CATÓLICA

La Iglesia Católica es la encargada por Jesucristo para ayudar a recorrer el camino espiritual hacia Dios viviendo el amor recíproco y por medio de la administración de los
sacramentos (bautismo, eucaristía, confirmación, penitencia, matrimonio, orden sacerdotal y unción de los enfermos), a través de los cuales Dios otorga la gracia al creyente.

La Iglesia Católica tiene encomendada la misión de elaborar, impartir y propagar la enseñanza cristiana, así como la de cuidar de la unidad de los fieles. Debe también disponer la gracia de los sacramentos a sus fieles por medio del ministerio de sus sacerdotes. Además, la Iglesia Católica se manifiesta como una estructura piramidal, en la que debe cuidar de mantener la unidad de todos los fieles y su obediencia a la doctrina oficial.


La autoridad para enseñar o
Magisterio de la Iglesia basa sus enseñanzas tanto en las Sagradas Escrituras como en la Sagrada Tradición.
ATRIBUTOS DE LA IGLESIA CATÓLICA

De acuerdo al Catecismo de la Iglesia Católica, esta es Una, Santa, Católica y Apostólica. Estos cuatro atributos, inseparablemente unidos entre sí, indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión. (CIC, 811).
Los católicos profesamos nuestra fe en los cuatro atributos de la Iglesia Católica a través del Credo de los Apóstoles y del Credo de Nicea-Constantinopla, por lo que se las tiene como Artículo o Dogma de Fe.

LOS CUATRO ATRIBUTOS DE LA IGLESIA CATÓLICA SON:

Unidad: La Iglesia es una debido a su origen, Dios mismo. Dios es uno. Es una debido a su Fundador, Cristo. El apóstol San Pablo, en su 1º Carta a los Corintios, hace referencia a la Iglesia como Cuerpo de Cristo. "Las partes del cuerpo son muchas, pero el cuerpo es uno; por muchas que sean las partes, todas forman un solo cuerpo" (1º Co. 12, 12). En otra carta, también Pablo enseña sobre este atributo: "Mantengan entre ustedes lazos de paz y permanezcan unidos en el mismo espíritu. Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos." (Ef. 4, 3-6). Cristo mismo enseña y ruega por esta unidad característica de la Iglesia fundada por Él: "Que todos sean uno, como tú, Padre, estas en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado". (Jn. 17, 20-21).
Santidad: la Iglesia Católica, a pesar de los fallos y faltas de cada uno de los creyentes que aún peregrinan en la Tierra, es en sí misma santa pues Santo es su fundador y santos son sus fines y objetivos. Asimismo, es santa mediante sus fieles, ya que ellos realizan una acción santificadora. En la Iglesia Católica es quien contiene la plenitud total de los medios de salvación, y en donde se consigue la Santidad por la gracia de Dios. Es Santa porque sus miembros están llamados a ser santos.

Catolicidad: con el significado de "universal" la Iglesia Católica es católica en cuanto busca anunciar la Buena Nueva y recibir en su seno a todos los seres humanos, de todo tiempo y en todo lugar; dondequiera que se encuentre uno de sus miembros, allí está presente la Iglesia Católica. y también, como lo señala el Catecismo de la Iglesia Católica, es católica porque Cristo está presente en ella, lo que implica que la Iglesia Católica recibe de Él la plenitud de los medios de salvación.

Apostolicidad: la Iglesia Católica fue fundada por Cristo sobre el fundamento de Pedro, Cabeza de los Apóstoles, y constituyendo en autoridad y poder a todo el Colegio Apostólico; aseguran que Pedro y los demás Apóstoles tienen en el Papa y los Obispos a sus sucesores, que ejercen la misma autoridad y el mismo poder que en su día ejercieron los primeros, proveniente directamente de Cristo. También es apostólica porque dicen que guarda y transmite las enseñanzas oídas a los apóstoles.
Estos atributos se encuentran en todas las Iglesias particulares que engloba la Iglesia católica, que son las Iglesias particulares de la Iglesia católica Romana (Rito Latino) y las Iglesias Rituales Autónomas (Ritos Orientales); todas ellas tienen en común los mencionados atributos o características esenciales y la autoridad suprema del Supremo Pontífice como Vicario de Cristo en la Tierra.
Por lo tanto, la Iglesia católica se considera a sí misma como heredera de la tradición y la doctrina de la iglesia primitiva fundada por Jesucristo y, por lo tanto, como la única representante legítima de Cristo en la tierra, mediante la figura de los obispos, sucesores sin interrupción (siempre según esta creencia) de los apóstoles, y herederos, por lo tanto, del mandato de Jesús de cuidar de su Iglesia (en el evangelio según Juan 21:17, Jesús le dice a Pedro "Apacienta a mis ovejas"). De allí el lema "Donde está Pedro está la Iglesia" (Ubi Petrus ibi ecclesia).

DOCTRINA ESCENCIAL
La característica más sobresaliente y genuina para distinguir a los católicos es su posición personal respecto al obispo de Roma. Este recibe el título de Papa y se le considera no sólo obispo de su diócesis sino Obispo de la Iglesia católica entera, es decir, Pastor y Doctor de todos los cristianos debido a que es considerado el sucesor de San Pedro (por las elecciones ininterrumpidas del colegio cardenalicio en el cónclave hasta Benedicto XVI quien es el Papa Nro. 265) y así, Vicario de Cristo.

El Papa goza en la Iglesia católica de un estatus de jerarquía suprema, poseyendo el primado sobre todos los demás obispos y la plenitud de la potestad de régimen (como se denomina en la Iglesia Católica al poder legislativo, ejecutivo y judicial), la cual puede ejercer de forma universal, inmediata y suprema sobre todos y cada uno de los pastores y de los fieles católicos.


Otras partes de la doctrina católica sobresalientes y distintivas en relación al resto de los cristianos son la creencia en el
Dogma de la Inmaculada Concepción, y en la Asunción de María, Madre de Jesús, así como la fe en la autoridad espiritual efectiva de la Iglesia Católica para perdonar pecados y remitir las penas temporales debidas por ellos, mediante el Sacramento de la Penitencia y las indulgencias.

Otro Dogma de fe sobresaliente en la Iglesia Católica es la creencia en la Eucaristía, y en su Transubstanciación ya que el pan y el vino presentados en el Altar se transforman realmente en el cuerpo y en la sangre de Cristo.

jueves, 31 de mayo de 2012

PRIMER CONCILIO DE LA IGLESIA


Se conoce como Concilio (del latín concilium) a la reunión de Obispos, sea a nivel mundial o de una parte importante de la Iglesia, para estudiar asuntos y tomar decisiones conjuntas en materia de la doctrina cristiana, de disciplina o de acciones pastorales que impulsen a todos los miembros de la Iglesia Cristiana a vivir de manera más comprometida con Dios y Jesucristo.

Los Concilios pueden ser provinciales, regionales o nacionales. Si es el Papa el que convoca a todos los Obispos del mundo, tenemos un Concilio ecuménico, es decir, universal.

El primer Concilio que se conoce en la historia de la Iglesia Católica es el llamado Concilio de Jerusalén, situado alrededor del año 49 d.C., y en el que los participantes fueron San Pedro, San Pablo y Santiago, el Obispo de Jerusalén.
 A este Concilio también se lo conoce como el Concilio de los Apóstoles (Hechos de los Apóstoles, cap. 15).
El punto central de los debates del Concilio de Jerusalem, o Concilio de los Apóstoles, era aclarar a los cristianos gentiles si estaban o no obligados a guardar prácticas judías, especialmente la circuncisión que, según las enseñanzas del Génesis (17,11) era el signo principal de la Alianza con Dios.
En Antioquía, la Iglesia Cristiana iba creciendo en fervor y número al cuidado de San Pablo y Bernabé, con una gran mayoría de cristianos gentiles. Pero a esta comunidad llegan judíos convertidos a Cristo que les dicen que no hay salvación, si no observan la circuncisión y la Ley.
A raíz de esto se produjo una gran agitación y discusión: lo que estaba en juego era la identidad misma del Cristianismo que ponía todas sus esperanzas en Cristo, en quien Dios había cumplido todas sus promesas. Por tanto, San Pablo y Bernabé fueron enviados por la comunidad para reunirse con el resto de los Apóstoles en Jerusalén.
Para este viaje, San Pablo llevó consigo a Tito, quien no había sido circuncidado y era un cristiano ejemplar, venido del paganismo. (Gá 2,1-10).

En el Concilio de Jerusalem, después de varias discusiones, San Pedro declaró que no había que imponer la Ley judía a los gentiles que se convertían al cristianismo:
 Es la Gracia de Jesucristo la que nos salva”. Y fue emitido el siguiente decreto: «Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros no imponerles más carga que la necesaria», de este modo el cristianismo se volvió universal.

miércoles, 30 de mayo de 2012

LA CONFESION

                         
                      
        ¿Qué es la Confesión?

De entre los 7 sacramentos de la Iglesia Católica, existe uno muy especial y del cual muy poca gente toma consciencia e importancia. Se trata del sacramento de la Confesión.
También conocido como el sacramento de la Penitencia ó Reconciliación es uno de los sacramentos más hermosos ya que por medio de él llegamos a experimentar la gran misericordia de Dios por el pecador arrepentido. El gran amor de Dios se demuestra en darles a los hombres el poder que antes solo poseía él y que ni siquiera los mismos ángeles tienen el privilegio de gozar, el otorgar el perdón por los pecados.
Este sacramento se puede definir como: "El sacramento instituido por Jesucristo en su amor y misericordia para otorgar el perdón a los pecadores por sus ofensas cometidas contra Dios y contra la Iglesia."
Como todos los demás sacramentos, es esencial que tengamos fé. Sin fé es imposible creer en él (Heb 11:6). Hoy en día hay personas que se les hace imposible creer que el hablar con un sacerdote los librará de sus cargas y más aún piensan que eso es antibiblíco o es un error. Para empezar "EL SACERDOTE ES SOLO UN MEDIADOR"entre Dios y los hombres, es el canal mediante el cuál la gracia de Dios fluye, el instrumento que Dios usa para otorgar su perdón. Trataremos de explicar esto: Cuando yo recibo una carta de amor por el correo, yo me alegró mucho por su contenido pero se que quien la escribió no fue el cartero que me la dejó en mi buzón, sino mi novia que esta lejós de mí. Sería tonto el pensar que el autor de todo nuestro correo sea el cartero, el solo nos hace llegar las cartas pero no hizo nada para ser el autor de ellas solo se limitó a entregarlas. Pues algo así es lo que sucede cuando nos confesamos, el sacerdote no nos absuelve, es Jesús mismo en la persona del sacerdote quién nos da su perdón a través de él. 
Además Dios nunca se ha limitado a impartir sus gracias a los hombres por sí mismo, por el contrario utiliza a los hombres para llevar a cabo sus obras (Hec 5:12-16).
                               ¿Cuál es el origen Bíblico de La Confesión?
En Mt 18:18 Jesús le da a su Iglesia el poder para atar y desatar cosas en la tierra y quedar atadas ó desatadas de la misma manera en el cielo: "Yo les digo: Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo."
En Jn 20:22-23 Jesús da el poder a sus discípulos para perdonar ó retener pecados:"Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos."
Al leer estás citas, nos damos cuenta que la intención de Jesús era el dar a su  Iglesia un poder especial que su antiguo pueblo no tenía, mucha gente dice que ese poder de perdonar pecados fue solo para los discípulos, otros que solo para la Iglesia antigua, otros dicen que eso no significa literalmente el dar el perdón por el pecado, pero a todas estas contradicciones tenemos 2 sencillas respuestas:
 1-Si Jesús hubiera querido dar el poder de perdonar pecados solo a sus discípulos ó a la Iglesia antigua hubiese sido muy egoísta de su parte, ya que el no vino solo por ellos sino por todas las generaciones de ese entonces y por venir (Jn 3:16).
2-Si Jesús no hubiera querido dar el poder de perdonar pecados literalmente hablando, ¿Para que dijo todas esas cosas en Jn 20:22-23? ¿No hubiera sido más fácil decir: Que cada uno ore y pida perdón por sus faltas a Dios y se le concederá ó no?...
Es así como la historia de la Confesión comenzó desde los apóstoles (Hec19:18). Durante los primeros siglos se realizó en forma pública frente a la comunidad presidida por el obispo. El pecador manifestaba su arrepentimiento y el obispo asignaba la penitencia frente a todos. Al cumplirse está, se le daba el perdón y era admitido dentro de la comunidad eclesial para participar de lleno en la comunión (por lo general se trataba solo de faltas graves, tales como asesinato, adulterio, etc), pero con el tiempo se estableció la confesión privada debido al constante aumento de feligreses y otros motivos prácticos.
 ¿Pero como se le ocurre confesarse con un hombre común y corriente y pecador como usted?
Hermano, eso sería como decir que un doctor que esta enfermo no puede recetar, que absurdo!
Es verdad que como ser humano el sacerdote sigue siendo un pecador, y como tal puede que sea mucho menos pecador de lo que nos imaginamos ya que están altamente preparados para no serlo, mas aún asi suele suceder. Pero así como hay doctores de cuerpos, el sacerdote es un DOCTOR DE LAS ALMAS. Si yo tuviera un terrible dolor de estómago que me esta matando, creáme que a mi no me interesaría saber en lo más mínimo la vida personal del médico que me atendiera, y si me voy de viaje por avión y me llegará a enterar que el capitán de la nave es un verdadero sinvergüenza, aún así no me animaría a aventarme fuera de ese avión solo por esa razón. Pues eso mismo sucede con el sacerdote en la confesión, cuando usted va a confesarse no le debe importar que tipo de vida personal lleve ese sacerdote.  Si usted discierne que el padre de su parroquia es un gran pecador, en vez de irse a otro lado y abandonar su fé, ayúdelo, y ore por él para que Dios lo ilumine. Las criticas y chismes no le servirán de nada.
¿Es de verdad necesario confesarme, no bastará solo con pedirle perdón a Dios en mi oración?
Como dijimos anteriormente, cuando usted peca no solo a ofendido a Dios sino también a la Iglesia. Al bautizarnos llegamos a formar parte de la familia de Dios, por lo cuál cuando en esa familia alguien obra mal, no solo sufre Dios sino toda la familia entera.
La palabra Católica significa "Universal," al ser universal nuestra Iglesia no solo incluye a las personas de tal o cuál comunidad ¡sino al universo entero! Los ángeles, santos, querúbines y toda la corte celestial que habitan en el cielo son parte de nuestra Iglesia(iglesia triunfante), las almas que están en el purgatorio también son parte de la Iglesia(Iglesia purgante) y por supuesto nosotros en la tierra(Iglesia militante) conformamos lo que llamamos la Iglesia Católica. Es así como al pecar ofendemos a todos estos miembros, no solo al Padre que es Dios. Un ejemplo podría ser:
Si yo tengo una discusión horrible con mis padres en la cuál yo los insulto y ofendo, pero en camino a mi casa me empieza a remorder la conciencia y me arrepiento y me pongo a orar implorando el perdón de Dios. Pregúnta:¿No creé usted que también debo disculparme con mis padres además de Dios? ¡Claro que sí! Pues así es más o menos es el tipo de ofensa que se hace por cada pecado, por eso Jesús quiso dejarnos en su lugar a alguien que nos diera el perdón por ambas partes tanto de Dios como de la Iglesia y esos son nuestros sacerdotes....Amén.